Me fuí a la punta del cerro y encontré un bufón


Tomar la decisión de asistir al taller Bufón Sagrado, guiado por Andrés del Bosque, en la Teatro Escuela Internacional de Valparaíso fue todo un desafío. Dejar el confort de mi casa en Santiago y encontrarme enclaustrado durante un mes, de lunes a viernes, durante 57 horas no es algo que haya tomado a la ligera. Sin embargo, esto significaba también reencontrarme con quien había sido mi maestro de clown en 1997. Sentí hormigueo. Era seguir mi impulso, pero también era pararlo, la duda se apoderaba de mí, y mientras la dejaba crecer se alejaba la idea de ir a Valparaíso. Fue la necesidad de estar, de seguir su voz, pero conociendo también su rigurosidad...de saber que él me guiaría como ya lo había hecho en la Universidad.

¡Vamos puej!

Ya en Valparaíso, encontrarme con un ser que sigue investigando, que sigue haciendo “a poto pelado” era y es maravilloso.

Delirante. Escuchaba su voz y trataba dejarme guiar, pero no podía. Intentaba entender y buscar un sentido al sin sentido. Quería encontrar algo que no sabía qué era, de qué color o aroma... estaba nuevamente en medio del mar solo. ¿Para dónde nadar?, ¿cómo saber el camino?, ¿dónde buscar respuestas a las innumerables preguntas que me hacía?. Paralelamente a este proceso, me encontraba en el taller “Payasos en Busca de un Espectáculo” guiado por el maestro Víctor Quiroga en el mismo recinto (también 57 horas, de lunes a viernes) que me exigía estar presente en las clases, tenía que responder en ambos cursos.

La primera semana

Estaba todo bien, todo era armonía en el entorno. Reíamos. “Es otro curso más” escuché...yo sabía que no era un simple curso.

Explorando los bufones del misterio junto a Andrés

segunda semana

La cosa cambió. Teníamos que comenzar a HACER, a responder las preguntas que Andrés formula (porque él es una especie de enciclopedia caminante, y tú tienes que saber de qué está hablando). El cansancio, el temor a equivocarme, a ser botado del escenario porque no es lo que se pide. “Esto no se trata de ser valiente” pensaba. Veía como mis compañeros eran bajados del escenario y el silencio se hacía presente. Esto del temor no tiene que ver con Andrés, era un temor mío impuesto por una sociedad que no da cabida a las equivocaciones. ¡Qué más maravilloso que caer y ponerse de pie, para volver a caer y nuevamente pararse!.

Estaba un poco perdido

tercera semana

Salía del teatro sin entender y los ánimos ya no eran los mismos ¿dónde busco?...salía molesto de clase y bajaba el cerro puteando. Me preguntaba ¿Qué quiere?. Andrés del Bosque pedía muchas cosas, y yo sin saber cómo responder sentía que estaba fallando. No había descanso. Busqué en mi interior, en mi infancia, en mis recuerdos. Salí a presentar mi trabajo...no le dejé espacio a la duda, sólo salí. Ahí está Andrés, mirándome, guiándome casi de la mano. Jamás me sentí solo. Me hizo desechar mi trabajo y me llevó a otro lado...a mi lugar sagrado, lo otro era inventado. Estaba mirándolo, hablándole de mí, de mis hijos. Me hizo viajar por lo más sagrado, pero a su vez me hacía salir y entrar de un estado y sentí cómo mi cuerpo lo entendía mientras él me gritaba “¡Marcha!”, y me transformaba en un marino. Claro, esto es lo que significa reírse de lo sagrado para mí, dar y quitar, parodiarse a uno mismo, ser carne de bufón. Justo en ese momento entendí el bufón: mostrar una herida y luego hacer ver al público que sólo le utilicé porque le di lo que quería ver: dolor...y el bufón se ríe del dolor.

Cuarta semana

El alma me volvió al cuerpo. Encontré el apoyo en mis compañeros, una banda de bufones (marineros). La banda es fundamental para el proceso del bufón. Era sólo divertirse, ya estaba todo dicho. Era transformar a la banda de bufones en un solo cuerpo, guiado por el maestro Andrés del Bosque.

Concluyendo...

Me fuí a la punta del cerro, bajé y volví a elevarme para encontrar a un bufón. Aún sigo digiriendo este proceso. Es como un chicle que queda entre los dientes y la mejilla, para masticar cada cierto rato.

No me quedan más palabras para describir esta experiencia, es mejor vivirla en carne propia. Sacúdete la pesada carga de lo impuesto - autoimpuesto y atrévete a vislumbrar el camino del bufón...un camino lleno de jorobas, deformidades, pero también de belleza celestial.

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